martes, 8 de junio de 2010

3

—Ahora está en una silla de ruedas —continuó Charlie cuando no respondí—,
por lo que no puede conducir y me propuso venderme su camión por una ganga.
— ¿De qué año es?
Por la forma en que le cambió la cara, supe que era la pregunta que no deseaba
oír.
—Bueno, Billy ha realizado muchos arreglos en el motor. En realidad, tampoco
tiene tantos años.
Esperaba que no me tuviera en tan poca estima como para creer que iba a dejar
pasar el tema así como así.
— ¿Cuándo lo compró?
—En 1984... Creo.
— ¿Y era nuevo entonces?
—En realidad, no. Creo que era nuevo a principios de los sesenta, o a lo mejor a
finales de los cincuenta —confesó con timidez.
— ¡Papá, por favor! ¡No sé nada de coches! No podría arreglarlo si se estropeara
y no me puedo permitir pagar un taller.
—Nada de eso, Bella, el trasto funciona a las mil maravillas. Hoy en día no los
fabrican tan buenos.
El trasto, repetí en mi fuero interno. Al menos tenía posibilidades como apodo.
— ¿Y qué entiendes por barato?
Después de todo, ése era el punto en el que yo no iba a ceder.
—Bueno, cariño, ya te lo he comprado como regalo de bienvenida.
Charlie me miró de reojo con rostro expectante.
Vaya. Gratis.
—No tenías que hacerlo, papá. Iba a comprarme un coche.
—No me importa. Quiero que te encuentres a gusto aquí.
Charlie mantenía la vista fija en la carretera mientras hablaba. Se sentía
incómodo al expresar sus emociones en voz alta. Yo lo había heredado de él, de ahí
que también mirara hacia la carretera cuando le respondí:
—Es estupendo, papá. Gracias. Te lo agradezco de veras.
Resultaba innecesario añadir que era imposible estar a gusto en Forks, pero él
no tenía por qué sufrir conmigo. Y a caballo regalado no le mires el diente, ni el
motor.
—Bueno, de nada. Eres bienvenida —masculló, avergonzado por mis palabras
de agradecimiento.
Intercambiamos unos pocos comentarios más sobre el tiempo, que era húmedo,
y básicamente ésa fue toda la conversación. Miramos a través de las ventanillas en
silencio.
El paisaje era hermoso, por supuesto, no podía negarlo. Todo era de color
verde: los árboles, los troncos cubiertos de musgo, el dosel de ramas que colgaba de
los mismos, el suelo cubierto de helechos. Incluso el aire que se filtraba entre las hojas
tenía un matiz de verdor.

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