martes, 8 de junio de 2010

4

Era demasiado verde, un planeta alienígena.
Finalmente llegamos al hogar de Charlie. Vivía en una casa pequeña de dos
dormitorios que compró con mi madre durante los primeros días de su matrimonio.
Ésos fueron los únicos días de su matrimonio, los primeros. Allí, aparcado en la calle
delante de una casa que nunca cambiaba, estaba mi nuevo monovolumen, bueno,
nuevo para mí. El vehículo era de un rojo desvaído, con guardabarros grandes y
redondos y una cabina de aspecto bulboso. Para mi enorme sorpresa, me encantó. No
sabía si funcionaría, pero podía imaginarme al volante. Además, era uno de esos
modelos de hierro sólido que jamás sufren daños, la clase de coches que ves en un
accidente de tráfico con la pintura intacta y rodeado de los trozos del coche
extranjero que acaba de destrozar.
— ¡Caramba, papá! ¡Me encanta! ¡Gracias!
Ahora, el día de mañana parecía bastante menos terrorífico. No me vería en la
tesitura de elegir entre andar tres kilómetros bajo la lluvia hasta el instituto o dejar
que el jefe de policía me llevara en el coche patrulla.
—Me alegra que te guste —dijo Charlie con voz áspera, nuevamente
avergonzado.
Subir todas mis cosas hasta el primer piso requirió un solo viaje escaleras arriba.
Tenía el dormitorio de la cara oeste, el que daba al patio delantero. Conocía bien la
habitación; había sido la mía desde que nací. El suelo de madera, las paredes
pintadas de azul claro, el techo a dos aguas, las cortinas de encaje ya amarillentas
flanqueando las ventanas... Todo aquello formaba parte de mi infancia. Los únicos
cambios que había introducido Charlie se limitaron a sustituir la cuna por una cama
y añadir un escritorio cuando crecí. Encima de éste había ahora un ordenador de
segunda mano con el cable del módem grapado al suelo hasta la toma de teléfono
más próxima. Mi madre lo había estipulado de ese modo para que estuviéramos en
contacto con facilidad. La mecedora que tenía desde niña aún seguía en el rincón.
Sólo había un pequeño cuarto de baño en lo alto de las escaleras que debería
compartir con Charlie. Intenté no darle muchas vueltas al asunto.
Una de las cosas buenas que tiene Charlie es que no se queda revoloteando a tu
alrededor. Me dejó sola para que deshiciera mis maletas y me instalara, una hazaña
que hubiera sido del todo imposible para mi madre. Resultaba estupendo estar sola,
no tener que sonreír ni poner buena cara; fue un respiro que me permitió contemplar
a través del cristal la cortina de lluvia con desaliento y derramar algunas lágrimas.
No estaba de humor para una gran llantina. Eso podía esperar hasta que me acostara
y me pusiera a reflexionar sobre lo que me aguardaba al día siguiente.
El aterrador cómputo de estudiantes del instituto de Forks era de tan sólo
trescientos cincuenta y siete, ahora trescientos cincuenta y ocho. Solamente en mi
clase de tercer año en Phoenix había más de setecientos alumnos. Todos los jóvenes
de por aquí se habían criado juntos y sus abuelos habían aprendido a andar juntos.
Yo sería la chica nueva de la gran ciudad, una curiosidad, un bicho raro.

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